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Keynes había escrito su libro más conocido en los años de la Gran Depresión; y su obra, aunque básicamente teórica en su naturaleza, no puede entenderse bien sin tener presente el marco en el que fue pensada. Las recomendaciones que de ella pueden obtenerse se centran en el relanzamiento de las economías afectadas por la recesión y son medidas inspiradas siempre en la urgencia y el corto plazo. "A largo plazo todos estaremos muertos" es una de las frases más famosas de nuestro personaje, que siempre gustó de las expresiones brillantes y provocativas. Pero algunos economistas pronto se dieron cuenta de los peligros que tendría convertir estas medidas pensadas inicialmente para circunstancias bastante excepcionales en criterios permanentes de política económica. Uno de estos economistas fue Friedrich von Hayek. Hayek había debatido a menudo con Keynes y sus discípulos sobre cuestiones de teoría económica. Pero una gran amistad personal unía a ambos hombres más allá de sus desacuerdos científicos. Cuenta Hayek que, el año 1946, estaba realmente preocupado por los efectos que tendría en la economía la interpretación que algunos de los discípulos de Keynes estaban haciendo de sus teorías. Y no dudó en plantearle a su amigo estas dudas. Para su sorpresa, Keynes le dio la razón. Y, además, tras hacer algunos comentarios poco laudatorios de aquellas personas, procedió a tranquilizar a Hayek, diciéndole que no se alarmara; que aquellas ideas habían sido muy necesarias en el momento en el que él las había formulado. Pero que, si en algún momento llegaban a ser peligrosas, él mismo se encargaría de hacer que la opinión pública se orientara rápidamente en el sentido contrario. Y –añadía Hayek– "indicó con un gesto rápido de su mano lo deprisa que podría conseguir esto". Pero las cosas esta vez no salieron bien. Tres meses después de que esta sorprendente manifestación de confianza en sus propios poderes hubiera tenido lugar, Keynes había muerto.
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